Un paseo por el cielo. El Aneto. Visitas: 6436
Actualizada el 16 de noviembre de 2003.

Heme aquí de nuevo, después de veintitrés años, pisando los mismos caminos. Esos caminos, que por muchos años que pasen, seguirán estando ahí, inamovibles. Porque aunque son muchos los que dicen que el Aneto ya no es lo que era, su talla sigue siendo la misma, tres mil cuatrocientos cuatro metros, y eso es indiscutible. Las ganas son ahora las mismas que las de antes.

El Aneto.

No pretendo aburrirte con una descripción detallada de la ascensión a la cumbre más alta de los Pirineos, de hecho, yo tengo algunos de los cientos de libros que lo hacen con precisión milimétrica, sino compartir contigo las sensaciones que se van sucediendo a lo largo de un día de continuo caminar.

A las cuatro de la mañana nuestro molesto amigo comenzó a sonar. Sí, sí, como lo oyes, a las cuatro de la mañana. Nos habían dicho que a las cinco salía el primer autobús desde el Plan del Hospital hacia el de Están, punto de inicio de nuestra marcha. No hay que perder ni una hora, la marcha se presenta larga. Lo habíamos dejado todo preparado el día anterior: mochilas, ropa, desayuno, ... por lo que tardamos muy poco en estar listos. Salimos de casa sigilosamente, y a las cuatro y media estábamos cargando todo el equipo en el coche de Juan (mi cuñado, el marido de mi hermana), y partimos de Benasque hacia el Plan del Hospital Juan, Manolo (mi otro cuñado, el hermano de Olga, mi mujer) y yo.

A las cinco menos diez estábamos esperando en la barrera del Plan del Hospital el autobús, que por tres euros ida y vuelta, nos llevaría en esta mañana clara, todavía oscura, al Plan de Están, donde iniciaremos nuestros pasos. Con toda puntualidad el autobús llegó, y junto a otros montañeros, quince minutos más tarde habíamos llegado. Mientras todo el mundo coge su equipo y el autobús da la vuelta para marcharse parece haber un poco de jaleo, que un minuto más tarde se disipa, y entonces ahí estás, todavía de noche, rodeado por las dos únicas cosas que puedes sentir, las sombras de los gigantes de roca y el silencio de la noche cargado de sonidos.

La Renclusa y su pico.A las cinco y media estábamos preparados, mochila al hombro y bastón en mano, pero con un contratiempo, no veíamos el camino, la ocuridad nos lo ocultaba. Era demasiado pronto. Pero Manolo, hombre de recursos, rápidamente sacó de su mochila una linterna, regalo de RENFE (es que conduce trenes), y comenzó a descifrar el camino que nos llevaría a nuestro primer objetivo, el refugio de La Renclusa, situado entre cuarenta y cinco minutos y una hora.

No habíamos hecho más que dar unos cuantos pasos cuando esa linterna que nos prometía luz eterna comenzó a decir que la eternidad es para otras cosas, y que ya se había cansado. Y mientras nos decía todo eso, algo había ocurrido, casi sin percibirlo, el día había despertado y nos mostrába tímidamente el camino. No se volvió a saber más de aquella linterna.

El camino hasta La Renclusa es agradable y te permite poner a punto todo el equipo, y para los que me entiendan, repito, todo el equipo. La mañana fue ganando en luminosidad y cuando llegamos al refugio, después de cincuenta minutos, todo estaba ya inundado de luz. Ahí parece como si se hubieran reunido todos los elementos de las montañas, y basta con que gires sobre tus botas para tenerlos todos a tu alcance: glaciares, cumbres, portillones, torrentes, arroyos, ... por venir hasta aquí ya hubiera merecido la pena perdonarle la vida a aquel que sonó a las cuatro de la mañana.La Maladeta. En este refugio, hace veintitrés años me tomé un café que no olvidaré nunca. La diferencia entre antes y ahora es que antes casi venías andando desde Benasque, ya que no había carreteras y mucho menos autobuses. Así que cuando alcanzabas La Renclusa, ya llevabas andado un buen camino y cualquier cosa que te tomaras ahí sería para recordar. Ahora, cuando llegas, no hace mucho que has desayunado y además todavía no has andado prácticamente nada. No obstante, volver a ver el mismo refugio, la misma casa que hace tanto tiempo, y por el mismo motivo, removió algo dentro de mí.

Es hora de continuar. Nuestro segundo objetivo es el Portillón Superior, que según todos los libros se encuentra a dos horas y cuarenta y cinco minutos. Se trata de un portillón que nos permitirá descender 'cómodamente' al glaciar, y desde aquí alcanzar la cima del Aneto. Si miras al sur desde La Renclusa, o lo que es lo mismo, para arriba, verás una especie de muralla que asciende por la izquierda, formada por el pico Renclusa, el pico del Portillón Inferior y el Pico del Portillon Superior. Después de este último se encuentra su portillón que es al que tenemos que dirigir nuestros pasos.

La Renclusa ya a lo lejos.Comenzamos a caminar a las seis y cuarenta minutos por el camino que parte de La Renclusa, y cual fue mi sorpresa a los pocos pasos cuando pude comprobar que tal camino desaparecía para convertirse en una verdadera marcha campo a través. Primero por una zona herbórea entremezclada con rocas acariciadas por pequeños arroyos, y luego por grandes rocas alternadas con grandes neveros helados. Realmente no recordaba que esto fuera así, sino todo lo contrario, no sé por qué tenía la idea de un 'cómodo' camino hasta el portillón. Pero evidentemente no era así. Traspasamos la zona herbórea, que ya exigió un gran esfuerzo, y alcanzamos la de rocas. La altura era apreciable y La Renclusa parecía una pequeña casita allá a lo lejos. El sol había aperecido completamente e iluminaba todas las partes salvo por donde íbamos subiendo, ya que ahora caminábamos (bueno, caminar es un decir) al amparo de los portillones. El sudor y el aire frío de la mañana se mezclaban y te obligaban a ponerte algo encima en cada parada.

Primer Nevero.Pronto llegó el primer nevero helado. Realmente me imponía. No tuvimos más remedio que echar mano del piolet e ir tallando previamente sobre la nieve los pasos que íbamos a dar. Los neveros se iban alternando con las rocas, y junto con las obligadas paradas, alcanzamos finalmente el Portillón Superior. El espectáculo que puedes presenciar justo antes de llegar es único, a un lado el pico de la Maladeta con su glaciar, al otro los portillones, gigantescas formaciones rocosas que te sobrecogen, y a lo lejos, por donde mires, un mar de cumbres nevadas. Realmente ¿no te parece que somos pequeños?

El Portillón Superior.El Portillón Superior como su nombre nos dice, es una puerta, una puerta que nos permitirá acceder a nuestra última etapa, el glaciar del Aneto. Desde aquí veremos nuestro objetivo al fondo, muy al fondo. Cuando lo vi, fue como si me trasladase esos veintitantos años en el tiempo. Todo estaba igual a la imagen que guardaba en mi memoria. ¿Existirá el tiempo, o lo habremos inventado? No lo sé, pensaba, mientras descendíamos a las primeras olas de ese mar de nieve que nos estaba esperando.

Iniciamos nuestra marcha lentamente por una pequeña vereda blanca, que los más rápidos han dejado para nosotros. El Glaciar.El glaciar y el sol se te van echando poco a poco encima, y los pasos cada vez van pesando más, sobre todo cuando tienes que cambiar el paso por las islas de rocas que te vas encontrado en medio del camino. El Aneto.Después de una hora nos encontramos ante la prueba final. Aquí el glaciar se levanta y parece que va a caer sobre nosotros. Los pasos son muy cortos y el corazón te pide permiso para salir, pero deteniendote cada unos pocos pasos, le convences de que siga en su sitio. La marcha se relentiza, parece como si las botas se pegaran a la nieve, y poco a poco vas ascendiendo, parando, subiendo. Por fin llegamos a la última isleta de piedra, la cima ya se respira, un último esfuerzo y habremos llegado.

Atravesamos el último tramo de nieve, trepamos por algunas rocas y aquí está, la antesala del Aneto. El Paso de MahomaSe trata de una cima separada del pico Aneto por unos treinta metros, treinta metros llamados Paso de Mahoma, que es un paso estrecho de rocas, planas y verticales, dispuestas una detrás de otra y con grandes caídas a un lado y al otro. Con todo esto por delante, hay que dejar las mochilas, sentarse un ratito, coger fuerzas, y sobre todo temple, para poder afrontar con decisión y control este último tramo.

Tras unos minutos de reposo, nos disponemos en fila, y comenzamos a trepar, pegados como lapas, vamos dejando atrás una y otra roca. No es complicado pero impone un gran respeto, por eso no hay que soltar una mano hasta que no tengas claro donde poner la otra. La cumbre.Y finalmente, ahí está la recompensa a todas los esfuerzos, el Aneto, tres mil cuatrocientos cuatro metros bajo tus botas. Es curioso cómo la imagen que en ese momento se refleja en mi retina es casi identica a la que cinceló mi memoria hace veintitres años.Mi cumbre. Ahí continúa ese mar de olas encrespadas que dejé en aquel tiempo, las mismas olas, el mismo mar. ¿Realmente cambian las cosas o nos creemos que cambian? No lo sé. Pero lo que sí sé es que cuanto más tiempo permaneces aquí, más insignificante te vas volviendo, sin darte cuenta de que el tiempo, si existe, está pasando.

Giré sobre mis pies y me empapé de todo porque hay que regresar, y no sé si volverán a pasar otros veintitres años antes de volver a navegar por el mismo mar.


Amadeo Acera. 2003. Volver